Androide o limosnero, difícil elección

 

Hagamos un trato. Te envío $1.000 por Nequi si al menos una vez en tu vida no has escuchado algo por el estilo de «sigue tu pasión» o «dedícate a trabajar en aquello que te motiva». En esta era de «vive, ama, rie» se nos ha vendido la idea Hippie de que nuestra felicidad depende de trabajar en aquello que soñamos, y si no lo logramos, somos unos fracasados condenados a una depresiva e insatisfactoria vida. La famosa «tranquila desesperación» de la que hablaba Thoreau.

Seamos sinceros. Si estás leyendo esto, muy probablemente has tenido que trabajar buena parte de tu vida en ocupaciones que no te gustan en el peor de los casos, u otras simplemente monótonas en el mejor de ellos (si es que no estás en un trabajo de esos actualmente). De niños soñábamos con alegría y pensábamos en ser bomberos, astronautas, bailarinas, doctores, soldados y cosas de esas. Ya un poco más maduros al elegir nuestras carreras, igual seguimos soñando aunque con pies más asentados, como gerentes, abogados, criminalistas, músicos, ingenieros, productores y más cosas fabulosas. Pocos de ustedes se imaginaron de jóvenes, pasando largas horas sentados frente a una pantalla respondiendo correos, llenando largas tablas de excel, hablando con desconocidos molestos al teléfono o enviando informes que nadie va a leer.

¿Cuántos no quisieran ganarse la vida anotando goles, actuando en películas o series, compitiendo en videojuegos, viajando por el mundo a conocer sitios exóticos o haciendo compras y destapando las últimas novedades del mercado? Bueno, esos trabajos son menos del 0.1% de las oportunidades, así que descartémoslos como opción viable ya que es como ganarse la lotería.

Lo restante de lo apasionante es un poco más real y todavía atractivo: una carrera como escritor, expositor en galerías de arte, una posición dando conferencias e inspirando a miles de personas, un emprendimiento pequeño que triunfa convirtiéndose en una gran empresa. Suena bien… si tienes alma de pobre. ¿Que suena duro? Bueno, a DaVinci le tocó mandar hojas de vida ofeciéndose a preparar banquetes, diseñar cosas para matar gente o pintarle paredes a gente que detestaba. Van Gogh tuvo que quemar varios de sus cuadros para no morirse de frio en invierno y aguantaba hambre, sobreviviendo de la caridad de su hermano. Stephen King pasaba largas horas enseñando en una escuela secundaria, endeudado hasta las orejas y siempre a punto de ser desalojado con su esposa y niños, pobre hasta el tuétano, al igual que Kafka. Incluso mi ex jefe (un reconocido empresario nacional) vendía papas fritas a la salida de los teatros o barequeaba oro en zonas rurales con una batea y el lomo al sol en largas jornadas.

Ahhh pero su esfuerzo valió la pena y triunfaron, dirán muchos. No necesariamente. Kafka y Van Gogh murieron tan pobres como vivieron, y por cada 1 que triunfa al final, 9 fracasan en el intento. No escuchamos esas historias de fracasos porque no son bonitas y nadie las quiere publicar a no ser que la persona triunfe eventualmente. Una vida dedicada al deporte suena muy entretenida, si no te importa pasar necesidades buena parte de ella por falta de apoyo estatal, por poner sólo un ejemplo. Entonces, vivir como pobre no suena tan interesante así estés haciendo lo que amas. Pobre pero felíz no es un buen estado cuando no tienes para el arriendo o las medicinas de un ser querido.

La otra opción, con dinero pero deprimido no suena tan mal como la anterior, hasta que te encuentras con las miradas sin vida de esa fauna de oficina que pasa los mejores años de su vida pagando y durmiendo en diminutas cajas de concreto apiladas llamadas apartamentos, viajando apretados en cajas de metal hacia sus trabajos, donde se encierran en cajas de drywall y vidrio todo el día alimentándose con cosas que traen de sus casas en cajas de plástico o cartón a domicilio. Mejor llorar en Ferrari que en transporte masivo… aunque acá pocos iremos a tener Ferrari al final. robots obreros, autómatas laborales.

No me malinterpreten, no quiero ser pesimista, pero la solución a esa paradoja no se encuentra en un extremo o el otro sino en un sano equilibrio. Fuiste, eres o serás robot en algún momento… y probablemente pobre también. Hay varias salidas. Aprender a amar lo que se hace hasta el punto de encontrarle el gusto. Mezclar trabajo de pobre en tu tiempo libre mientras pagas las cuentas con tu ocupación robot por algunos años. Buscar ayuda e influencia externa (como describí en el post anterior) para acelerar el proceso… La combinación es única para cada quien, y es necesario encontrar la mezcla que funcione para cada caso, pero si se hace un buen ensayo y error, podrías ser un Hippie con dinero eventualmente.